Pasé 18 meses siendo un apoyo para mi novia y me sugirió: “Seamos solo amigos”. Le respondí: “Genial”. Y nunca más la volví a llamar.
—Seamos amigos.
Valeria dijo esas tres palabras con la serenidad pulida de alguien que repite una frase ensayada frente al espejo. No tembló. No evitó mi mirada. No parecía una mujer que estuviera rompiendo una historia de año y medio; parecía una clienta devolviendo una blusa que ya no le quedaba bien.
Estábamos sentados en una cafetería cara de la colonia Roma, un martes por la tarde, con música suave, focos cálidos y gente fingiendo que no escuchaba conversaciones ajenas. Valeria sostenía su latte con ambas manos, como si el vaso le diera autoridad moral. Me habló de lo importante que yo era para ella, de lo mucho que me quería, de cómo la chispa “simplemente se había apagado”. Dijo que no quería perderme. Dijo que lo nuestro podía transformarse en algo más maduro.
Esperaba que yo me quebrara.
Esperaba que le preguntara qué había hecho mal. Que le rogara una oportunidad. Que me ofreciera a cambiar, a mejorar, a “trabajar en la relación”. En pocas palabras, esperaba que siguiera haciendo el mismo trabajo emocional de siempre, solo que ahora sin los privilegios del título.
Leave a Comment