Pasé 18 meses siendo un apoyo para mi novia y me sugirió: “Seamos solo amigos”. Le respondí: “Genial”. Y nunca más la volví a llamar.

Pasé 18 meses siendo un apoyo para mi novia y me sugirió: “Seamos solo amigos”. Le respondí: “Genial”. Y nunca más la volví a llamar.

—Antes éramos novios —respondí con un tono ligero—. Las cosas cambiaron, ¿no?

Se rio incómoda, como quien intenta recuperar el control de una conversación que se le está yendo de las manos.

—Sí, claro. Madurez.

Luego preguntó adónde iba. Le dije que iba a cenar con un amigo. Quiso saber quién. Le contesté:

—Un amigo. ¿Importa?

No le gustó. Lo noté en la forma en que dejó de respirar un segundo antes de decir:

—Vaya, cambiaste rapidísimo.

—No —le respondí—. Cambió el acuerdo.

Una semana después llegó la primera prueba real. Jueves por la noche. Mensaje de Valeria:

“Compré un librero en IKEA y no me embonan las bases. ¿Puedes venir? Te invito una cerveza.”

Leí el mensaje. Vi la fotografía del librero tirado en su sala. Recordé cuántas veces había dejado mis planes para cruzar la ciudad y resolverle la vida mientras ella se pintaba las uñas o revisaba TikTok.

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