—Necesito que te arregles la barba.
Él me miró confundido.
Luego le di mis llaves, una tarjeta negra y la dirección de un hotel cinco estrellas en Guadalajara.
—Te vas a meter ahí, vas a dormir, vas a comer y no vas a contestarle a nadie. Yo voy a ir a tu casa.
Daniel tardó unos segundos en entender.
—No, Damián… te van a reconocer.
Me quité mi saco, me puse su camisa manchada y sus tenis remendados. Me rasuré el bigote corto que siempre me distinguía. Me peiné hacia abajo, como él. Cuando levanté la vista, vi en el espejo a Daniel… pero con mis ojos.
—No van a reconocer nada —respondí—. Porque ellos no te miran. Nunca te han mirado de verdad.
Lo vi irse rumbo al hotel. Luego me subí a su vieja camioneta y manejé hacia la casa donde mi hermano había vivido treinta años de humillación.
Entré por la puerta trasera al amanecer.
La cocina olía a grasa vieja, vino barato y perfume caro. Había trastes sucios por todos lados. Apenas crucé el umbral, se encendió la luz del pasillo y apareció Graciela con bata de seda y cara de vinagre.
No me preguntó dónde había pasado la noche.
No preguntó si estaba bien.
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