—Ahora el calefactor —gritó.
Gabriel entendió de inmediato. Un disparo certero y el aire se convirtió en fuego.
La explosión abrió parte del muro lateral. Sonaron las alarmas y los rociadores empaparon el infierno. Gabriel tomó a Mía por la cintura y ambos huyeron entre humo, agua y caos.
Llegaron a un callejón tres cuadras más allá. Allí, por fin, Gabriel se desplomó.
Mía vio la sangre en su costado y sintió que el mundo se le venía encima.
—No. No, no, no…
Le presionó la herida con ambas manos. Gabriel apenas pudo sonreír.
—Volaste una galería de arte —susurró con admiración absurda.
—Improvisé —sollozó ella.
—No confíes… en Nicolás… ni en nadie…
Y se desmayó.
Mía llamó al número de emergencia que él le había dado. Un médico clandestino llamado Víctor llegó en una furgoneta gris y lo operó en una clínica escondida bajo una lavandería del barrio de la Guerrero. Durante horas, Mía se quedó sentada viendo el monitor del pulso, temiendo cada silencio.
Cuando Gabriel despertó, al amanecer, la encontró dormida en una silla con la mano todavía sobre su antebrazo.
—¿Sigues aquí? —murmuró él.
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