La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Mía abrió los ojos de golpe y soltó una risa quebrada.

—Planeaba robarte el reloj, pero decidí esperar a que despertaras.

Él alzó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Me salvaste otra vez.

Mía quiso bromear. Quiso hacerse la dura. Pero no pudo.

—No te me mueras, ¿sí?

Hubo un silencio espeso.

—Mía —dijo él muy bajo—. Quédate conmigo.

Ella supo que ya era tarde. Se estaba enamorando del peor hombre posible.

Los siguientes días les trajeron noticias negras. Nicolás había tomado el control. Había difundido que Gabriel estaba muerto y convocado una cumbre para consolidar su poder en el penthouse de Reforma. Elías apareció muerto en un canal. Los leales fueron purgados.

—Voy a matarlo —dijo Gabriel, todavía pálido, intentando levantarse de la cama.

—Tú no puedes ni caminar sin hacer cara de sufrimiento —replicó Mía.

Agarró un plumón y dibujó el penthouse en una pizarra.

—No vamos a entrar como soldados. Vamos a entrar como invisibles.

Consiguió uniformes de catering, cambió el color de su cabello, se puso lentes gruesos y se convirtió en una empleada más del servicio. Nadie mira a una mesera. Nadie recuerda a la mujer que sostiene una charola.

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