Ella escapó de un matrimonio abusivo, pero el hombre del tren resultó ser el jefe de la mafia más peligroso.

Ella escapó de un matrimonio abusivo, pero el hombre del tren resultó ser el jefe de la mafia más peligroso.

Ella escapó de un matrimonio abusivo, pero el hombre del tren resultó ser el jefe de la mafia más peligroso.

El traqueteo del metro sacudía la noche de la Ciudad de México mientras Renata apretaba contra el pecho su bolso rojo con una fuerza que le hacía doler los dedos. Iba sentada en el extremo del vagón, encogida dentro de su suéter tejido del mismo color, intentando ocupar el menor espacio posible, como si volverse pequeña pudiera volverla invisible. En el reflejo oscuro del vidrio apenas reconocía a la mujer que la miraba: un ojo amoratado, un corte fino sobre la frente, el labio partido y esa expresión de animal acorralado que había aprendido a llevar durante cinco años.

Gerardo le había repetido tantas veces que, por ser huérfana, nadie la buscaría, nadie la defendería, nadie notaría siquiera si desaparecía, que una parte de ella había terminado creyéndolo. Él había construido a su alrededor una prisión sin barrotes, hecha de miedo, culpa y aislamiento. Cada vez que el tren frenaba, Renata contenía el aliento, segura de que él aparecería en el andén con esa sonrisa torcida que siempre anunciaba una nueva humillación.

No sabía adónde iba. Solo sabía que debía alejarse. Había salido corriendo de aquel departamento después del último golpe, con el corazón desbocado y la única convicción de que, si se quedaba una noche más, no saldría viva.

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