Los demás pasajeros evitaban mirarla. Un par de ojos se detenían en sus heridas con compasión breve, pero enseguida se apartaban. La ciudad entera parecía confirmar la profecía de Gerardo: nadie se mete, nadie pregunta, nadie salva.
Entonces el aire del vagón cambió.
Renata lo sintió antes de verlo. Un perfume seco, limpio, caro; cedro y humo frío. Una presencia contenida, silenciosa, pero tan firme que incluso el murmullo del vagón pareció apagarse. Volteó apenas la cabeza y se encontró con un hombre sentado a su lado que no estaba allí unos segundos antes, o quizá sí y el miedo le había nublado los sentidos.
Era joven, tal vez de treinta y tantos. Moreno claro, mandíbula marcada, traje azul oscuro de corte impecable, camisa blanca sin una sola arruga y un reloj plateado que brilló un instante bajo la luz fluorescente. Tenía tatuajes finos subiéndole por el cuello y perdiéndose bajo el cabello negro peinado hacia atrás. En las manos, que descansaban con calma sobre las rodillas, asomaban líneas de tinta que parecían serpientes o llamas. No sonreía. No fingía amabilidad. Solo la observaba con una atención precisa, como si leyera en ella algo que los demás no querían ver.
Renata bajó los ojos enseguida. Aquel hombre emanaba un peligro distinto al de Gerardo. No era escandaloso ni vulgar. Era un peligro elegante, controlado, frío.
El tren frenó con un chirrido metálico en una estación de transbordo casi vacía. Renata miró por reflejo hacia el andén… y la sangre se le heló.
Gerardo.
Estaba allí, recargado contra una columna, esperándola como un cazador que conoce el camino de la presa. Cuando la vio a través del vidrio, se incorporó despacio y sonrió. El mismo gesto sucio, posesivo, insoportable.
—Ya llegó —susurró ella sin darse cuenta.
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