El hombre del traje ni siquiera se sobresaltó.
—Lo sé.
La respuesta la hizo voltear. Él seguía sereno, con esa quietud de estatua peligrosa.
Las puertas se abrieron con un siseo. El aire helado del andén entró al vagón. Gerardo avanzó hacia ella con pasos rápidos, la mirada encendida de rabia.
—Si sales sola —dijo el desconocido, poniéndose de pie con una calma casi ofensiva—, vuelves a la jaula. Y esta vez no te va a dejar volver a abrir la puerta.
Renata se quedó inmóvil. No le había pedido ayuda. Ni siquiera sabía quién era. Pero había algo en su voz que desarmaba el pánico y le daba forma. No sonaba a promesa. Sonaba a verdad.
Él salió primero al andén. Ella lo siguió sin entender por qué.
Gerardo extendió la mano para sujetarla del brazo, pero el hombre se colocó entre ambos antes de que pudiera tocarla. No levantó los puños. No alzó la voz. Solo se plantó frente a él con un cigarro recién encendido entre los dedos, como si el otro no fuera una amenaza, sino una molestia menor.
—Esa es mi mujer —escupió Gerardo, aunque ya no sonaba tan seguro—. Se viene conmigo.
El desconocido miró de reojo a Renata y luego a Gerardo.
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