Ella escapó de un matrimonio abusivo, pero el hombre del tren resultó ser el jefe de la mafia más peligroso.

Ella escapó de un matrimonio abusivo, pero el hombre del tren resultó ser el jefe de la mafia más peligroso.

—No parece que quiera irse contigo.

—Tú no entiendes nada. Ella no tiene a nadie —gruñó Gerardo—. Es huérfana. Nadie la va a reclamar.

Los ojos del hombre se estrecharon. Dio un solo paso al frente, y fue suficiente para que Gerardo retrocediera sin querer.

—Te equivocas —dijo en voz baja—. Está de pie a mi lado. Eso significa que ya no está sola.

No gritó. No amenazó con palabras grandes. Pero algo en su tono hizo que el andén entero pareciera congelarse. Gerardo miró los tatuajes, el reloj, la serenidad brutal de aquel hombre, y por primera vez en cinco años fue él quien sintió miedo. Renata lo vio claramente. El hombre que había llenado su vida de terror acababa de encogerse.

Gerardo maldijo entre dientes, dio un paso atrás y luego otro. Finalmente dio media vuelta y se perdió escaleras arriba, tragado por la lluvia de la calle.

Renata se quedó temblando, no de frío sino del derrumbe repentino de una verdad que había llevado demasiado tiempo dentro: Gerardo no era invencible.

—¿Por qué? —preguntó al hombre del traje, casi sin voz.

Él apagó el cigarro con la suela.

—Porque quiero ver qué pasa contigo cuando dejas de correr.

Afuera los esperaba un coche negro, largo, discreto, demasiado elegante para aquella hora. Dos hombres de traje abrieron las puertas sin decir una palabra. Renata dudó. Subir significaba cambiar de miedo. Pero el miedo que conocía casi la había matado. El desconocido la miró apenas.

—Me llamo Julián Zamora.

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