El apellido le sonó. Todo el mundo en la ciudad había escuchado de Zamora: empresario de seguridad privada, dueño de media red logística del centro del país, hombre cercado de rumores oscuros, respetado por políticos, temido por criminales. Un hombre de poder.
Renata entró al coche.
El trayecto fue un borrón de luces, lluvia y cristales empañados. Cuando finalmente se detuvieron, no era frente a una casa, sino al pie de una torre de vidrio que cortaba el cielo nocturno. En el penthouse la recibió un silencio quirúrgico: muebles oscuros, concreto pulido, ventanales inmensos, hombres discretos apostados en las esquinas como sombras entrenadas. No parecía hogar. Parecía centro de mando.
—Esto no es una casa —murmuró Renata.
Julián se quitó el saco.
—Es el lugar desde donde nadie entra sin permiso.
Una mujer llegó poco después con un botiquín, ropa limpia y una charola con té. Renata se encerró en el baño de mármol y por fin se miró de frente. El golpe morado, los cortes, la piel hinchada. Durante un largo momento solo vio a la mujer rota que Gerardo había fabricado. Luego, mientras se limpiaba con manos temblorosas, apareció otra cosa debajo de los moretones: una testarudez silenciosa, una vida que seguía aferrada. No estaba muerta. No era un fantasma. Todavía no.
A la mañana siguiente encontró a Julián en un gimnasio de cristal, golpeando un saco con una precisión fría que no se parecía en nada a la violencia ciega de Gerardo. Cada movimiento parecía medido al milímetro.
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