Se inclinó hacia Gabriel como si fuera a besarlo.
—El ruso le da señales a Nicolás. Hay un maletín bajo tu silla.
Gabriel no preguntó. Se puso de pie.
—Me harté de este vino.
Las luces se apagaron de golpe.
Estalló una lluvia de balas.
Gabriel tiró a Mía al suelo y rodaron detrás de una escultura de bronce mientras el salón se convertía en guerra. Elías peleaba cerca de la salida. Nicolás gritó “¡ahí están!” y en ese instante se confirmó la traición.
Pólvora. Gritos. Metal. Cristal.
—Estamos atrapados —jadeó Mía.
Entonces vio, al fondo, junto a la terraza, dos calefactores de gas y los tanques de propano.
—Dame tu arma.
—¿Qué?
—¡Dámela!
Gabriel le pasó una pistola de respaldo.
Mía disparó al tanque. Falló. Gabriel cubrió su cabeza mientras seguía disparando. Ella respiró, corrigió el ángulo y volvió a jalar el gatillo.
Esta vez el gas siseó.
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