Mía completó la idea antes de que él la terminara.
Gabriel la observó con interés real por primera vez.
—Tienes ojos que ven patrones. Mis hombres ven objetivos. No es lo mismo.
Le explicó que esa noche habría una reunión con varias familias del negocio en una galería subterránea de la colonia Juárez. Necesitaba llevarla consigo.
—¿Como qué? ¿Como testigo?
—Como mi prometida.
Mía casi se atragantó.
—¿Perdón?
—Es el disfraz perfecto. Si creen que eres una distracción bonita, no cuidarán sus gestos delante de ti.
—Yo era mesera ayer.
—Hoy eres un punto ciego.
La vistieron con un vestido verde esmeralda de seda, con una abertura escandalosa en la pierna y unos aretes que pesaban más que todo lo que ella tenía en su departamento. Gabriel, impecable en esmoquin, la condujo con una mano firme en la cintura.
—Sonríe —murmuró él para las cámaras.
—Te odio —susurró ella sin despegar los labios.
—Perfecto. Hazlo con glamour.
La galería era concreta, fría y hostil. En torno a una mesa de acero esperaban varios jefes. Don Tadeo Rossi, enorme y sudoroso, con ojos de tiburón. Un británico llamado Adrián Thorne. Un representante ruso apodado Volkov. Y, detrás de Gabriel, Nicolás.
Mía bebió champaña y fingió aburrimiento. Pero observaba.
Volkov golpeaba el vaso con un ritmo repetido. Nicolás no vigilaba el perímetro; vigilaba a Volkov. Bajo la mesa, Mía vio la punta de un portafolio negro que no estaba allí al principio. Lo entendió en un segundo.
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