La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Mía apretó los puños.

—Porque mi papá murió en medio de una balacera cuando yo tenía seis años. Iba saliendo de una tienda. Nadie lo empujó. Nadie le gritó que se tirara. Vi el punto en su pecho y no pude… no pude dejar que volviera a pasar.

Gabriel la observó largo rato, buscando mentira donde solo había memoria. Al final llamó a Nicolás.

—Prepárale una habitación en el ala de invitados. Que la vea un médico. Nadie entra ni sale sin mi permiso.

Nicolás dudó un segundo. Fue mínimo, pero Mía lo notó.

—¿Ni siquiera yo?

Gabriel giró la cabeza con lentitud.

—Ni siquiera tú.

Aquella noche, Mía no durmió. Oyó voces en el pasillo. Elías y Nicolás discutían en voz baja. Elías insistía en que alguien dentro del círculo había dado la ubicación de Gabriel. Nicolás quería que cualquier detalle que Mía recordara le fuera comunicado primero a él.

Ese “primero” le heló la espalda.

A la mañana siguiente, Gabriel la esperaba en un solario de cristal con desayuno servido y una pistola sobre la mesa, como si ambas cosas pertenecieran a la misma categoría. Le devolvió otro teléfono, no el suyo.

—Ya hablé al asilo de tu madre. Sus gastos están cubiertos por un año.

Mía lo miró sin entender.

—¿Por qué?

—Porque pago mis deudas. Y porque vas a ayudarme.

Frente a ella proyectó el plano del restaurante. Explicó lo que sus hombres no habían entendido: el láser no era error de un novato, sino señuelo. Querían obligarlo a moverse en una dirección específica, hacia la línea de fuego de un segundo tirador.

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