Mientras Emiliano jugaba con sus carritos en la sala, entré al sitio oficial para revisar el sorteo. Empecé a leer los números en voz baja, casi riéndome de mí misma.
Cinco. Doce. Veintitrés.
Miré el boleto.
Treinta y cuatro. Cuarenta y cinco. Número adicional: cinco.
Volví a mirar.
Sentí que el mundo se inclinaba.
Mis manos empezaron a temblar tanto que el celular se me cayó al piso. Me senté sobre las losetas frías, con el boleto apretado entre los dedos, incapaz de respirar con normalidad.
Cincuenta millones de pesos.
No pensé en joyas. No pensé en viajes. Pensé en Emiliano estudiando en el mejor colegio, en una casa amplia con ventanas grandes, en una vida sin miedo. Pensé en Álvaro llegando a casa aliviado, por fin libre del peso de sus supuestas deudas. Pensé que la fortuna había llegado para salvar a nuestra familia.
Lloré de alegría.
Abracé a Emiliano, que no entendía nada y se reía viéndome llorar y reír al mismo tiempo. Guardé el boleto en el bolsillo interior de mi bolsa, tomé a mi hijo en brazos y salí casi corriendo. Quería ver la cara de Álvaro al escuchar la noticia. Quería regalarle ese instante. Quería que ese día se quedara tatuado para siempre como el principio de nuestra nueva vida.
Tomé un taxi hasta la oficina de la constructora, en Polanco. Entré sonriendo, con el corazón disparado. La recepcionista me saludó. Le dije que no avisara; quería sorprenderlo.
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