Gané 50 millones. Corrí a la oficina de mi esposo con mi hijo. En cuanto llegué, oí un ruido…
La puerta de la oficina de Álvaro estaba entreabierta.
Yo ya tenía la mano alzada para tocar cuando escuché una risa femenina.
Una risa baja, íntima.
Luego la voz de Álvaro, suave, cariñosa, una voz que yo no conocía.
—Ya casi, mi amor. Solo necesito que esa tonta firme los papeles y saldrá de mi vida sin un peso.
Mi sangre se congeló.
No entré. Me quedé inmóvil, con Emiliano en brazos, escondida junto al marco de la puerta.
La mujer habló otra vez y la reconocí al instante: Renata, una supuesta amiga de su hermana que incluso había cenado en mi casa.
—¿Y si sospecha? —preguntó ella.
Álvaro soltó una risa despreciativa.
—Jimena no entiende nada. Le diré que la empresa está en quiebra, que hay una deuda enorme y que, si me ama, debe firmar el divorcio para proteger al niño. Va a tragarse todo. Siempre lo hace.
Sentí que algo dentro de mí se rompía con un sonido seco.
Luego lo escuché decir lo peor:
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