—Sí —dijo Marisela—. Estoy segura.
La doctora Santillán apretó la mandíbula.
Era absurdo. Era riesgoso. Era, probablemente, una locura permitirlo.
Pero también era cierto que estaban a minutos de una cesárea de altísimo riesgo en una paciente agotada, hipertensa y con sangrado. El quirófano no prometía salvación; solo ofrecía una apuesta distinta.
—Cinco minutos —dijo la doctora al final—. Yo vigilo todo. Si algo empeora, paramos.
Tomás se pasó la mano por la cara.
—Esto es una locura.
—Tal vez —murmuró Valeria—. Pero es mi cuerpo. Y quiero intentarlo.
La habitación entera se quedó quieta.
Marisela entró.
La suite parecía un hotel de lujo, no una sala de partos: luz tenue, sillones de diseñador, una tina de labor, monitores silenciosos y caros. En medio de todo eso estaba la verdad más antigua del mundo: una mujer intentando traer a su hijo a la vida.
Marisela se acercó despacio.
—Voy a poner mis manos sobre su vientre —dijo con suavidad—. No la voy a lastimar.
Valeria asintió apenas.
Las manos de Marisela estaban ásperas, curtidas por químicos, cloro y años de exprimir trapos. No se parecían en nada a las manos suaves, enguantadas y técnicas de los especialistas que llevaban casi dos días examinando a Valeria.
Pero en cuanto tocaron el vientre, algo cambió.
Marisela sintió al bebé como si siempre lo hubiera estado esperando. La cabeza estaba abajo, sí. Pero mal rotada. La espalda del niño estaba del lado incorrecto. Los hombros trabados. El cuerpo intentando entrar al mundo por un ángulo imposible.
—Ay, mi niño… —susurró en voz baja—. No te pelees. Vente por aquí.
Esperó a que terminara una contracción. Sintió el útero ablandarse un poco. Entonces colocó una mano arriba, otra a un costado, y empezó a aplicar presión suave, precisa, paciente. No empujaba con fuerza. Guiaba. Insinuaba. Como quien ayuda a una puerta atascada a encontrar de nuevo su riel.
Los médicos miraban alrededor de la cama, rígidos. Algunos con escepticismo. Otros con curiosidad. Uno de los perinatólogos incluso hizo un gesto de burla.
Pero la doctora Santillán no apartaba la vista de las manos de Marisela.
Otra contracción.
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