Marisela mantuvo el contacto.
—Respire, señora. Eso. Muy bien. No luche. Ayúdeme a ayudarlo.
Valeria jadeó.
—El dolor de mi espalda… está cambiando.
—Porque ya se está moviendo —contestó Marisela.
La enfermera del monitor levantó la vista.
—La frecuencia del bebé está subiendo.
Otro médico tomó el ultrasonido portátil, lo deslizó sobre el vientre con rapidez, y su expresión se alteró.
—Está rotando —dijo, incrédulo—. Sí… sí, está girando.
Tomás dio un paso hacia la cama como si no entendiera lo que veía.
Marisela siguió trabajando entre contracciones. Cambiaba el ángulo apenas unos centímetros, esperaba, sentía, volvía a intentar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sabía que caminaba sobre un hilo: si fallaba, perdería el trabajo, la reputación, quizá la libertad. Pero si callaba, perderían algo peor.
—Eso es, mi reina —dijo a Valeria—. Ya casi. Tu hijo ya entendió.
Con la siguiente contracción, Marisela sintió el momento exacto.
Una pequeña liberación.
Un giro firme.
El bebé encontró el camino.
Marisela retiró las manos y exhaló.
—Ya está.
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