Y debajo del grito, la voz de un médico:
—¡La frecuencia del bebé está cayendo otra vez!
Marisela sintió que la voz de su abuela le atravesaba el pecho:
—Cuando sabes ayudar y no ayudas, también lastimas.
Dejó el trapeador recargado en la pared. Se limpió las manos en el uniforme azul deslavado. Respiró hondo. Y tocó la puerta otra vez, esta vez con fuerza.
La abrió una doctora alta, de lentes finos y cara agotada. Era la doctora Rebeca Santillán, la jefa del equipo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
Marisela sostuvo su mirada.
—Doctora, el bebé está posterior. No está saliendo porque viene viendo al frente. Si me deja tocar el vientre, yo puedo ayudarlo a girar.
Por un segundo, nadie dijo nada.
Después apareció Tomás Alcázar detrás de la doctora, con el saco arrugado, el cabello revuelto y la desesperación mal escondida bajo su arrogancia.
—¿Quién es ella?
—La señora de limpieza —respondió una enfermera, casi con desprecio.
Tomás soltó una risa seca de incredulidad.
—¿Me están diciendo que mientras mi esposa se está muriendo vamos a escuchar a una afanadora?
Marisela sintió el golpe de la humillación, pero no retrocedió.
—No le pido que me crea a mí. Mire a su esposa. Mire que ya no puede más.
Tomás dio un paso al frente.
—¡Salga de aquí ahora mismo!
Pero desde la cama, con la voz ronca y rota, se oyó a Valeria:
—Déjenla hablar.
Todos se volvieron.
Valeria estaba empapada en sudor, pálida, con el cabello pegado a la cara y los ojos hundidos por el dolor. Pero seguía lúcida. Y cuando miró a Marisela, hubo algo extraño en ese instante: una especie de reconocimiento. No de la persona, sino de la certeza.
—¿De verdad cree que puede ayudarme? —susurró.
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