Sin nombrarlo, se estableció entre ellas un acuerdo hecho de confianza y tortillas calientes.
Juntas limpiaron el terreno junto al cerrito, levantaron los primeros surcos y sembraron frijol, calabaza y maíz con semillas que Amalia consiguió cambiando huevos en la tienda del camino. Regaban con cubetas del pozo al final de la tarde. A veces trabajaban en silencio. A veces Lupita hablaba por los codos. Amalia descubrió que la presencia de alguien bueno puede ser tan reparadora como el agua después de la sequía.
Lucero también empezó a cambiar.
No de golpe, sino como cambian las cosas verdaderas. Primero el brillo volvió al cuello, luego al lomo. Después dejó de cargar la cabeza como si le pesara el mundo. Un día, cuando Amalia lo llevó al pastizal bajo, lo soltó y el caballo trotó unos cuantos metros. No fue una carrera gloriosa. Fue apenas un trote corto, pero suficiente para que algo se cerrara y otra cosa se abriera dentro de ella.
No eran solo un caballo y una mujer recuperándose. Eran dos criaturas recordando que seguían vivas.
La paz duró poco.
Una tarde, doña Carmela, vecina del otro lado del arroyo, llegó con café y una advertencia. El hombre cuyas tierras colindaban con el rancho al poniente, don Rogelio Becerra, había querido comprar ese lugar dos veces mientras don Julián vivía. El viejo siempre se negó. Y no era por capricho: en esas tierras nacía un manantial pequeño que alimentaba parte del cauce que corría hasta la propiedad de Rogelio.
—Ese hombre no sabe perder —dijo doña Carmela—. Y cuando quiere algo, acostumbra cansar a la gente hasta que se rinde.
Amalia escuchó sin interrumpir.
Dos semanas después notó que el arroyo traía menos agua de la que debía. No era época de secas. Había llovido hacía pocos días. Sin embargo, el cauce bajaba estrecho, casi tímido. Caminó hasta la linde y, del lado del vecino, vio tierra removida donde no debería haberla.
No dijo nada todavía. Solo anotó mentalmente.
Luego llegó don Rogelio en persona. Camioneta nueva, sombrero fino, botas limpias, el cuerpo entero de hombre acostumbrado a salirse con la suya.
Miró el rancho, los cultivos, la casa y soltó una oferta con tono de favor.
—Todavía estás a tiempo de vender y salir bien parada. Esa tierra no da para tanto. Yo te pago mejor que cualquiera.
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