Amalia dejó que hablara hasta el final.
—No está en venta —respondió.
Don Rogelio sonrió como sonríen los hombres que creen que una negativa es apenas la primera fase del sí.
—Piénsalo. La terquedad sale cara.
—Ya me ha salido más cara la humillación —contestó ella, y se volvió de espaldas.
Él no insistió. Se fue. Y Amalia entendió que aquello apenas empezaba.
Poco después recibió una notificación: se cuestionaba la legalidad del registro del rancho por una supuesta discrepancia en las medidas del terreno. Exactamente como doña Carmela había temido. Don Rogelio intentaba reabrir la propiedad a litigio para quedarse con ella o, al menos, con el manantial.
Amalia no se derrumbó. Fue a buscar en el cuaderno de don Julián.
En una de las últimas páginas encontró una nota rara: Los papeles verdaderos de esta tierra están donde siempre escondí lo que no debía perderse.
Con ayuda de Lupita revisó la casa hasta que halló, bajo un banco viejo, una tapa encajada en el piso. Dentro había una lata sellada con cera. Y en esa lata, envueltos contra la humedad, estaban los documentos originales del terreno: planos, escrituras antiguas, y, sobre todo, el registro del manantial como parte legal y expresa de la propiedad.
Don Julián, desconfiando del mundo, había enterrado la verdad donde la tierra pudiera guardarla mejor que las personas.
Amalia llevó todo con el licenciado Esteban Nájera, un abogado modesto del pueblo vecino, famoso no por su dinero, sino por no venderse.
Él leyó los papeles con calma, comparó fechas, firmas y sellos, y al final levantó la vista.
—Lo raro en estos casos no es tener razón —dijo—. Lo raro es poder probarla. Usted puede.
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