Parte 3: El otro lado de mí

Parte 3: El otro lado de mí

El eco de aquella voz se quedó suspendido en el aire, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

—No… —susurré, retrocediendo un paso—. Eso no puede ser…

Pero lo era.

Esa voz… era idéntica a la mía.

No había duda.

Sentí un vértigo extraño mientras miraba el interior de lo que ya no parecía una simple habitación. Era como si la realidad se hubiera deformado. Donde debería haber paredes, había una especie de vacío oscuro, profundo, como un abismo que respiraba lentamente.

La puerta estaba completamente abierta ahora.

Y algo dentro de mí me empujaba a entrar.

—Esto no tiene sentido… —dije, intentando aferrarme a la lógica—. Estoy soñando… tiene que ser un sueño.

Pero el frío en mi piel, el latido acelerado de mi corazón… todo se sentía demasiado real.

—No estás soñando —dijo la voz otra vez.

Di un salto.

—¡Muéstrate! —grité, tratando de sonar valiente, aunque mi voz temblaba.

Durante unos segundos, no pasó nada.

Y entonces… una figura empezó a formarse dentro de la oscuridad.

Primero fue una silueta.

Luego, poco a poco, fue tomando forma.

Un cuerpo.

Una cara.

Mis ojos se abrieron completamente cuando lo vi.

Era yo.

No alguien parecido.

No un gemelo.

Yo.

Misma cara, misma expresión… pero había algo diferente. Sus ojos eran más oscuros, más profundos, como si hubieran visto cosas que yo no podía imaginar.

—Esto es imposible… —dije, dando otro paso atrás.

La figura sonrió levemente.

—Eso mismo pensé la primera vez —respondió.

Mi mente estaba al borde del colapso.

—¿La primera vez? ¿De qué estás hablando? —pregunté.

El otro yo dio un paso hacia adelante. Aunque se movía igual que yo, había algo en su presencia que imponía miedo.

—Estás aquí porque aceptaste la llave —dijo—. Igual que yo.

Miré la llave en mi mano. Ahora brillaba con más intensidad.

—¿Quién eres? —pregunté, casi en un susurro.

—Ya te lo dije… soy tú.

Negué con la cabeza.

—No… no puede ser… esto no es real…

—¿Seguro? —replicó, inclinando ligeramente la cabeza—. Entonces dime… ¿cómo sabías que debías venir aquí?

No supe qué responder.

Porque tenía razón.

Algo dentro de mí me había guiado hasta este lugar.

—Este sitio… —continuó— no es un edificio abandonado. Es una puerta.

—¿Una puerta a qué? —pregunté.

El otro yo sonrió de nuevo, pero esta vez su sonrisa era inquietante.

—A todas las decisiones que no tomaste.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.

—No entiendo…

—Claro que no —dijo—. Aún eres el “tú” que duda.

Se acercó un poco más. Yo quería alejarme, pero mis piernas no respondían.

—Cada persona tiene versiones de sí misma —explicó—. Caminos diferentes. Elecciones distintas. Vidas que nunca viviste… pero que existen.

Miré alrededor. La oscuridad parecía moverse, como si estuviera viva.

—¿Y tú…? —pregunté—. ¿Qué eres exactamente?

—Soy lo que podrías haber sido —respondió sin dudar—. Y también… lo que aún puedes llegar a ser.

El silencio volvió, pesado, incómodo.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top