Parte 4: La realidad que no elegí

Parte 4: La realidad que no elegí

La caída no se sentía como una caída normal.

No había viento, ni velocidad, ni ese vértigo típico de caer desde una altura. Era más bien como si estuviera siendo arrastrado a través de algo… como si la realidad misma me estuviera tragando.

Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi boca.

Y de repente…

Silencio.

Abrí los ojos.

Estaba de pie.

Pero ya no estaba en el edificio.

El cambio fue tan brusco que mi mente tardó unos segundos en reaccionar. Miré a mi alrededor, confundido, tratando de entender dónde estaba ahora.

Era una calle.

Pero no cualquier calle.

La reconocí inmediatamente.

—No puede ser… —murmuré.

Era mi barrio.

El mismo en el que había crecido.

Las mismas casas, los mismos balcones, la misma panadería en la esquina…

Pero algo no estaba bien.

Todo parecía… diferente.

Demasiado limpio.

Demasiado silencioso.

No había niños jugando.

No había vecinos hablando.

No había vida.

—¿Hola? —llamé, girando sobre mí mismo.

Nada.

Ni una respuesta.

Caminé lentamente por la calle, sintiendo una extraña presión en el pecho. Cada paso que daba hacía que esa sensación aumentara, como si algo estuviera fuera de lugar… como si yo no perteneciera allí.

Y entonces lo vi.

Mi casa.

Estaba exactamente donde siempre había estado.

Pero la puerta estaba abierta.

Sentí un nudo en el estómago.

—Esto no es real… —susurré, aunque en el fondo sabía que sí lo era… de alguna manera.

Me acerqué.

Cada paso se sentía más pesado que el anterior.

Cuando llegué a la puerta, dudé.

Pero solo por un segundo.

Entré.

El interior estaba oscuro, pero no completamente. Había luz… una luz tenue que venía del salón.

Avancé con cuidado.

Y entonces escuché voces.

Me detuve en seco.

Eran familiares.

Demasiado familiares.

Me acerqué lentamente hasta poder ver dentro del salón.

Y lo que vi… me dejó sin respiración.

Ahí estaban.

Mi familia.

Sentados como cualquier noche normal.

Hablando.

Riendo.

Como si nada hubiera pasado.

Como si todo estuviera bien.

Pero eso no era lo que me impactó.

Lo que realmente me congeló fue…

Que yo también estaba ahí.

Sentado en el sofá.

Sonriendo.

Vivo.

Normal.

—No… —dije en voz baja, retrocediendo un paso.

Mi cabeza no podía procesarlo.

—Esto no tiene sentido…

Observé más de cerca.

Ese “yo” se veía… diferente.

Más tranquilo.

Más seguro.

Como si nunca hubiera dudado de nada.

—Esa es una de tus vidas —dijo una voz detrás de mí.

Me giré bruscamente.

Era él.

El otro yo.

De pie en la entrada, observando la escena con calma.

—¿Qué es esto? —pregunté, casi sin voz.

—Una posibilidad —respondió—. Una que no elegiste.

Volví a mirar a mi familia.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top