Parte 2: La puerta que no debía abrirse

Parte 2: La puerta que no debía abrirse

El sonido que salió del interior del edificio no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. No era un paso, ni el viento, ni siquiera el crujido típico de una estructura vieja. Era algo más… profundo, como si viniera de muy lejos y al mismo tiempo estuviera justo detrás de la puerta.

Me quedé inmóvil, con la respiración contenida.

—Esto es un error… —susurré, pero mis pies no se movieron.

La llave en mi mano seguía caliente, casi como si estuviera viva. Instintivamente, la apreté con fuerza, y en ese instante, sentí una especie de impulso extraño, como si algo me estuviera empujando hacia adelante.

Di un paso.

Luego otro.

Y antes de darme cuenta, ya estaba frente a la entrada del edificio.

La puerta estaba entreabierta.

Nunca antes la había visto así. Siempre había estado cerrada, incluso sellada con cadenas según los rumores del barrio. Pero esa noche… parecía invitarme a entrar.

—Solo miraré un segundo… y me iré —me dije a mí mismo, intentando calmar el miedo.

Empujé la puerta lentamente.

El chirrido resonó en todo el lugar, como si el edificio entero despertara con ese sonido. Dentro, la oscuridad era casi total. Solo un poco de luz de la luna se filtraba por las ventanas rotas, creando sombras largas y deformes en el suelo.

El aire estaba cargado, pesado, con olor a humedad y algo más difícil de identificar… algo viejo, olvidado.

Entré.

El silencio era abrumador.

—¿Hola? —dije en voz baja, sintiéndome ridículo al instante.

Nadie respondió.

Pero entonces, el sonido volvió.

Más claro esta vez.

Venía del fondo del pasillo.

Giré la cabeza lentamente. El pasillo era largo, con puertas a ambos lados, todas cerradas… excepto una, al final, que estaba ligeramente abierta.

Y desde ahí… venía el ruido.

Tragué saliva.

Cada parte de mí quería salir corriendo, pero algo más fuerte me mantenía ahí. La curiosidad, sí… pero también una extraña sensación de que esto tenía que pasar.

Caminé hacia el pasillo.

El suelo crujía bajo mis pies, y cada paso parecía amplificar el silencio. Sentía que no estaba solo, aunque no veía a nadie.

Cuando llegué a la mitad del pasillo, la llave volvió a reaccionar.

Esta vez, vibró.

La miré sorprendido.

Los símbolos grabados en ella empezaron a brillar débilmente, como si respondieran a algo cercano.

—¿Qué… qué eres? —murmuré.

De repente, una de las puertas a mi derecha se cerró de golpe.

Salté hacia atrás, con el corazón latiendo a mil.

—¡¿Quién está ahí?! —grité.

Silencio.

Solo mi respiración agitada.

—Esto no es real… esto no es real… —repetí, intentando convencerme.

Pero lo era.

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