Nunca pensé que mi vida cambiaría aquella tarde de otoño. Todo parecía normal, como cualquier otro día en el pequeño barrio donde crecí. Las calles estaban llenas de niños jugando, vecinos conversando desde los balcones, y el olor a pan recién hecho salía de la panadería de la esquina. Yo caminaba sin prisa, con la mente ocupada en problemas simples, sin imaginar que estaba a punto de entrar en una historia que nunca podría olvidar.
Recuerdo claramente el momento en que todo empezó. Estaba cruzando la calle principal cuando vi a un hombre extraño apoyado contra una farola. No era alguien del barrio, eso seguro. Su ropa estaba un poco desgastada, pero no parecía un mendigo. Sus ojos… había algo en ellos que me inquietó. No eran ojos normales; parecían esconder un secreto, o quizás un miedo profundo.
Intenté ignorarlo y seguir mi camino, pero cuando pasé a su lado, me habló.
—Oye, tú —dijo con voz baja pero firme.
Me detuve. No sé por qué lo hice. Tal vez fue curiosidad, o tal vez algo dentro de mí sabía que no debía ignorarlo.
—¿Sí? —respondí, girándome lentamente.
El hombre me observó unos segundos, como si estuviera evaluando algo invisible.
—No tienes mucho tiempo —dijo—. Tienes que escucharme con atención.
Fruncí el ceño. Pensé que estaba loco.
—Mira, no sé quién eres, pero no tengo tiempo para bromas —contesté, intentando marcharme.
Pero entonces hizo algo que me dejó paralizado: sacó de su bolsillo un pequeño objeto metálico y me lo mostró. Era una especie de llave antigua, con símbolos extraños grabados en ella. No era algo común, y definitivamente no era algo que alguien llevara sin razón.
—Esto es tuyo —dijo.
Leave a Comment