—¿Mío? —repetí, confundido—. Nunca he visto eso en mi vida.
El hombre negó con la cabeza.
—Aún no… pero lo verás. Y cuando eso pase, todo cambiará.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Había algo en su forma de hablar que no parecía una simple locura. Era como si estuviera completamente seguro de lo que decía.
—Escucha —continuó—. Esta noche, a las doce, ve al viejo edificio abandonado al final de la avenida. No le digas a nadie. Si no vas… te arrepentirás el resto de tu vida.
Me quedé en silencio. Mi mente estaba llena de preguntas. ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo podía decir que esa llave era mía? ¿Y por qué debía ir a ese lugar?
—No puedo confiar en un desconocido —dije finalmente.
El hombre sonrió levemente, pero no era una sonrisa tranquilizadora.
—No tienes que confiar en mí —respondió—. Solo confía en tu curiosidad.
Antes de que pudiera decir algo más, guardó la llave en mi mano y comenzó a alejarse. Intenté detenerlo.
—¡Espera! —grité—. ¿Quién eres?
Pero no respondió. En cuestión de segundos, desapareció entre la gente, como si nunca hubiera estado allí.
Me quedé mirando la llave en mi mano. Era fría y pesada, más de lo que parecía. Los símbolos grabados en ella eran imposibles de entender, pero al tocarlos, sentí una extraña conexión, como si algo dentro de mí reaccionara.
Intenté convencerme de que todo era una coincidencia absurda. Tal vez era una broma, o alguien jugando conmigo. Pero cuanto más lo pensaba, más difícil era ignorarlo.
Esa noche, intenté seguir con mi rutina normal. Cenamos en familia, vimos la televisión, todo parecía igual que siempre. Pero mi mente no dejaba de regresar a la llave, al hombre, y a sus palabras.
“No tienes mucho tiempo.”
Miré el reloj. Eran las once y media.
Sentí un nudo en el estómago. Podía quedarme en casa y olvidar todo… o podía ir al edificio abandonado y descubrir la verdad.
Me levanté sin decir nada. Tomé mi chaqueta y salí en silencio. El aire de la noche era frío, y las calles estaban casi vacías. Cada paso que daba hacia la avenida hacía que mi corazón latiera más rápido.
Cuando finalmente llegué al edificio, lo primero que sentí fue miedo. Era un lugar oscuro, deteriorado, con ventanas rotas y paredes cubiertas de grafitis. Nadie en su sano juicio vendría aquí a medianoche.
Miré el reloj: 11:59.
—Esto es una locura —murmuré.
Pero no me fui.
A las doce en punto, algo ocurrió.
La llave en mi mano comenzó a calentarse.
Y entonces… escuché un ruido dentro del edificio.
Un ruido que no parecía humano.
Y en ese momento, supe que ya no había vuelta atrás…
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