Cuando salí del edificio, el coche de Sebastián estaba estacionado frente a la banqueta. Él bajó del vehículo con la camisa de la noche anterior, arrugada, los ojos rojos y un aliento que olía a alcohol rancio.
—Súbete.
—Tengo pacientes.
—He dicho que te subas. Tenemos que arreglar esto antes de que mi padre haga algo.
—¿Algo como insultarme otra vez?
Se acercó demasiado.
—Tú provocaste todo. Si hubieras llegado a tiempo, si no fueras tan obsesiva con tu hospital…
—Había un niño muriéndose.
—Siempre hay alguien muriéndose contigo.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Lo miré y ya no reconocí al hombre del que alguna vez me enamoré. O quizá nunca había existido; quizá solo había visto lo que yo quería ver.
—No volveré a la casa hoy.
—¿Y dónde dormiste?
—En mi departamento.
Su rostro cambió.
—¿Todavía tienes ese lugar?
—Sí.
—Me lo ocultaste.
—No te oculté nada. Solo no permití que también lo gastaras.
Intenté caminar hacia un taxi, pero él me agarró del brazo.
El dolor fue seco. Su mano se cerró con rabia, como si yo fuera un objeto que se le estaba escapando.
—No me des la espalda.
Lo miré directamente.
—Suéltame.
—Mariana…
—Suéltame o llamo a la policía aquí mismo.
Debió ver algo nuevo en mis ojos, porque abrió los dedos lentamente.
Subí al taxi y, antes de cerrar la puerta, dije:
—Desde hoy, paga tus propios lujos. Y no vuelvas a tocarme.
En el hospital pude volver a respirar. El olor a antiséptico que tanto asco le había dado a don Ignacio era para mí el olor del propósito. Visité a Emiliano en terapia intensiva. Su madre, una mujer joven con el rostro hinchado de llorar, se levantó apenas me vio.
—Doctora, no tengo cómo agradecerle.
El niño, débil pero despierto, alzó una mano pequeña.
—¿Usted tocó mi corazón?
Me acerqué a su cama.
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