—Solo lo ayudé a recordar cómo latir fuerte.
—Entonces usted es como una mecánica de corazones.
Me reí. Su madre también.
—Algo así, campeón.
Al salir, tomé una decisión.
Llamé a la licenciada Renata Salcedo, una abogada conocida por defender a mujeres de empresarios poderosos sin dejarse intimidar por apellidos ni amenazas.
Su despacho olía a café recién hecho y expedientes viejos. Ella me escuchó durante casi una hora sin interrumpirme.
Le mostré mensajes, movimientos bancarios, compras de Sebastián con mis tarjetas, recibos de restaurantes y transferencias mensuales que yo había hecho para sostener un estilo de vida que ni siquiera disfrutaba.
Renata juntó las manos.
—Doctora, su marido no está enojado porque usted lo abandonó. Está aterrorizado porque dejó de financiarlo.
—Quiero divorciarme.
—Entonces haga exactamente lo que le diga: separe sus cuentas, documente cada amenaza y no responda provocaciones. Los hombres como él suelen destruirse solos cuando dejan de controlarlos.
Ese mismo día fui al banco. Cancelé las tarjetas adicionales. Dejé dinero suficiente para los gastos obligatorios del hogar y transferí mis ahorros personales a una cuenta individual.
Después fui al departamento de Santa Fe mientras Sebastián estaba fuera.
Necesitaba mis documentos, mis diplomas y algunas prendas. Al abrir el clóset del estudio, encontré una pequeña caja fuerte. Probé su fecha de cumpleaños, nuestra boda, el aniversario de sus padres.
Nada.
Finalmente tecleé el cumpleaños de don Ignacio.
La cerradura cedió.
Dentro había estados de cuenta, facturas de hoteles en Cancún y Valle de Bravo, boletos de avión para dos personas, fotografías impresas y una pulsera de oro que Sebastián me había dicho que había comprado para su madre.
En una de las imágenes, él abrazaba a una joven morena en una alberca. En otra, la besaba dentro de un hotel.
No sentí el derrumbe que imaginaba.
Sentí alivio.
Ya no tenía que preguntarme si estaba exagerando. Ya no tenía que intentar rescatar un matrimonio que Sebastián llevaba meses enterrando mientras yo operaba niños.
Fotografié todo y se lo envié a Renata.
Su respuesta llegó casi de inmediato:
No le diga que sabe. Déjelo seguir hablando.
Esa noche, Sebastián llegó a mi departamento de la Del Valle y golpeó la puerta durante veinte minutos.
—¡Ábreme, Mariana! ¡No puedes dejarme sin dinero y esconderte aquí! ¡Soy tu esposo!
Encendí la grabadora del teléfono.
—Vete, Sebastián.
—¡Mi padre puede hundirte! Tiene amigos en hospitales, en periódicos, en la secretaría. ¿Crees que nadie creerá que eres una desquiciada que pone su trabajo antes que todo? Vas a perder esa bata que tanto adoras.
No abrí.
Leave a Comment