Verónica habló entonces.
“Los proveedores pudieron hacer sustituciones sin avisarnos.”
Javier cambió de archivo.
Aparecieron decenas de transferencias.
“Durante 4 años pagaron precios de productos premium mientras recibían mercancía hasta 70% más barata. Además, dividieron deliberadamente las facturas para mantenerlas debajo del límite de auditoría corporativa.”
Ernesto levantó las manos.
“Prácticas administrativas. Nada de eso demuestra enriquecimiento personal.”
Javier lo miró fijamente.
“La empresa Distribuciones del Centro recibió más de 9 millones de pesos del hotel.”
Silencio.
“El propietario legal es su hermano, señor Villaseñor.”
Verónica giró lentamente hacia Ernesto.
“¿Tu hermano?”
Ernesto sonrió con frialdad.
“Mi familia tiene negocios. Eso no es delito.”
“No”, respondió Alejandro. “Pero cobrar por mantequilla artesanal y entregar margarina industrial sí puede convertirse en fraude cuando se hace deliberadamente.”
El jefe de seguridad proyectó entonces los registros de la noche anterior.
“Alguien intentó eliminar archivos desde la computadora de la licenciada Cárdenas.”
Verónica golpeó la mesa.
“Yo ya me había ido.”
“Correcto.”
Apareció un video.
Se veía a Ernesto entrando en el área administrativa 12 minutos después de que Verónica abandonara el hotel.
Ella lo miró horrorizada.
“Usaste mi computadora.”
“Seguramente dejaste tu sesión abierta.”
“Siempre bloqueo mi equipo.”
Alejandro hizo una señal.
La puerta se abrió.
Lucía entró.
Temblaba, pero habló.
Contó cómo había recibido la carta de Mariana.
Cómo la había registrado.
Cómo Ernesto se apoderó del sobre.
Y cómo después le dijo que él decidía qué llegaba a manos del propietario.
Ernesto perdió por primera vez la serenidad.
“Está mintiendo para conservar su puesto.”
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