Que todavía tenía ganas de aprender cosas nuevas.
Nos reencontramos.
El matrimonio no se había salvado por una gran declaración.
Se salvó por reservar tiempo y volver a prestar atención.
Con los años llegaron bodas de nuestros hijos.
Nietos.
Jubilación.
Viajes.
Finalmente fuimos a Italia.
Antonio tomó más de cuatro mil fotografías.
La mitad estaban desenfocadas.
Yo le decía:
—Te dije que no eras fotógrafo.
—Soy artista incomprendido.
A los sesenta y siete años me diagnosticaron cáncer de mama.
Recuerdo perfectamente el momento.
Antonio estaba conmigo.
Cuando escuchó la palabra “cáncer”, tomó mi mano con tanta fuerza que tuve que decir:
—Vas a romperme los dedos antes que la enfermedad.
Se rio.
Después lloró en el estacionamiento.
Nunca lo había visto llorar de esa manera.
—Tengo miedo de perderte.
—Yo también tengo miedo.
—¿Qué hacemos?
—Lo mismo que siempre.
—¿Qué?
—Lo que toque.
Cirugía.
Tratamiento.
Cansancio.
Días buenos.
Días terribles.
Antonio aprendió a cocinar mejor.
Muy poco mejor.
La primera sopa que preparó era prácticamente agua caliente con verduras.
—Está buenísima —le dije.
—No tienes que mentir porque estés enferma.
—Está horrible.
—Eso suena más como mi esposa.
Durante los meses en que perdí el cabello, me sentía distinta.
No quería mirarme.
Una noche Antonio me encontró frente al espejo.
—Estoy vieja.
—Sí.
Lo miré.
—¿Eso es lo único que vas a decir?
—Yo también.
Me reí.
Después se acercó.
—Pero sigues siendo tú.
—No me siento como yo.
Me besó la cabeza.
—Entonces te recordaré quién eres hasta que lo recuerdes.
Años después tendría que hacer exactamente lo mismo por él.
Yo me recuperé.
Celebramos.
Pensamos que la parte más difícil ya había pasado.
Nos equivocamos.
Cuando Antonio tenía setenta y ocho años comenzó a olvidar cosas.
Primero nombres.
Después citas.
Una mañana salió a comprar pan y tardó dos horas.
Lo encontraron a varios kilómetros.
No sabía regresar.
Fuimos al médico.
Llegaron estudios.
Pruebas.
Finalmente el diagnóstico que yo temía.
Demencia.
Antonio escuchó.
No habló durante todo el camino de regreso.
Al llegar a casa se sentó en el jardín.
—¿Voy a olvidarte?
No sabía qué decir.
—No lo sé.
—No quiero.
Me senté a su lado.
—Yo tampoco.
—Prométeme que si llega el día en que no sepa quién eres, no pensarás que dejé de quererte.
Comencé a llorar.
—No digas eso.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Antonio cerró los ojos.
—Bien.
La enfermedad avanzó lentamente.
Al principio todavía conducíamos juntos.
Después tuve que quitarle las llaves.
Me odió durante dos días.
—Me tratas como a un niño.
—No.
—Entonces dame mi automóvil.
—No puedes conducir seguro.
—He conducido cincuenta años.
—Lo sé.
—Entonces…
—Antonio.
Me miró.
Después comenzó a llorar.
—Estoy perdiendo todo.
Lo abracé.
—No todo.
Eso quería creer.
Los años siguientes cambiaron nuestra relación.
Yo pasé de esposa a cuidadora en muchas cosas.
Le recordaba medicamentos.
Lo ayudaba a vestirse.
Cocinaba.
Organizaba citas.
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