Me enfadé.
Incluso muerto conseguía hacerlo.
“Cada mes guardé un poco.
No era una fortuna.
Era nuestro viaje.
Pensaba llevarte a Italia después de renovar los votos.
Roma.
Florencia.
Venecia.
Todos esos lugares que llevas treinta años diciendo que quieres conocer.
No quiero que canceles ese viaje porque yo no estoy.”
Negué con la cabeza.
—Idiota.
Lo dije en voz alta.
“Sé exactamente qué estás pensando.
‘No quiero viajar sola’.
Así que habla con Clara.”
Clara era mi hermana.
Continué.
“Ella ya sabe.”
Llamé inmediatamente.
Clara contestó.
—¿Encontraste el anillo?
Me quedé en silencio.
—¿Tú sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace seis meses.
—¿Y no dijiste nada?
—Me hizo prometerlo.
—Los odio a los dos.
Clara comenzó a llorar.
—Él también te quería mucho.
Eso terminó de romperme.
Dos días después mis hijos vinieron a casa.
Les enseñé el anillo.
Laura comenzó a llorar.
Mateo sonrió mirando hacia el techo.
—Papá siempre tenía que hacer algo dramático al final.
—Tu padre no era dramático.
Los dos me miraron.
—Mamá…
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