—Está bien. A veces.
Entonces les conté lo del viaje.
Laura respondió inmediatamente:
—Tienes que ir.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque era nuestro viaje.
Mateo dijo algo que me dolió.
—Por eso tienes que ir.
—No entiendes.
—Sí entiendo.
Se sentó junto a mí.
—Papá sabía que no estaría. Aun así lo planeó para ti.
Guardé silencio.
No quería ir.
Durante meses inventé excusas.
El dinero.
Mi espalda.
El idioma.
El vuelo.
Todo.
La verdadera razón era sencilla:
Tenía miedo de disfrutar algo sin Ernesto.
Me parecía una traición.
¿Cómo podía estar sentada en una plaza italiana tomando café mientras mi esposo estaba dentro de una urna?
La terapeuta que comencé a visitar me preguntó:
—¿Cree que sufrir demuestra cuánto lo amaba?
—No.
—Entonces ¿por qué siente culpa cuando imagina estar feliz?
No supe responder.
Seis meses después de la muerte de Ernesto compré el billete.
Clara vino conmigo.
La mañana del vuelo me puse el anillo nuevo por primera vez.
No reemplacé mi alianza.
Llevé ambos.
Uno junto al otro.
En Roma lloré.
En Florencia también.
En Venecia me reí tanto una tarde que después sentí culpa.
Duró pocos segundos.
Recordé:
“No te olvides de vivir”.
Así que seguí riendo.
Clara me tomó una fotografía frente a un canal.
Cuando la vi pensé:
“Pareces feliz”.
Y por primera vez entendí que estar feliz no significaba haber dejado de extrañarlo.
Podía hacer ambas cosas.
En el último día del viaje fuimos a un pequeño restaurante.
Clara pidió vino.
Levantó la copa.
—Por Ernesto.
Yo levanté la mía.
—Por los cuarenta años.
Después añadí:
—Y por los que me quedan.
Mi hermana sonrió.
Aquella frase me habría parecido imposible meses atrás.
Al regresar tomé otra decisión.
Cumplí lo que Ernesto quería respecto a sus cenizas.
Fuimos con nuestros hijos al lugar donde habíamos pasado nuestra luna de miel.
Una pequeña playa que había cambiado muchísimo en cuatro décadas.
Llevábamos fotografías.
Laura leyó unas palabras.
Mateo no pudo terminar las suyas.
Yo sostenía la urna.
Antes de abrirla, revisé una vez más.
No había otro anillo.
—Más te vale no haber escondido nada más —dije.
Mis hijos comenzaron a reír.
Fue extraño.
Reír mientras despedíamos a su padre.
Pero probablemente a Ernesto le habría gustado.
Esparcimos las cenizas.
Guardé la urna vacía.
No porque la necesitara.
Porque durante un tiempo había sido el lugar donde él escondió su última sorpresa.
Hoy han pasado cinco años.
Tengo setenta y tres.
Sigo usando los dos anillos.
Algunas personas preguntan por qué llevo dos alianzas.
Generalmente respondo:
—Una representa nuestro matrimonio. La otra, mi vida después de él.
No todos entienden.
No importa.
Ernesto tenía razón en algo.
El segundo anillo no reemplazó al primero.
Nada reemplaza cuarenta años.
Ni otra persona.
Ni otro viaje.
Ni una nueva etapa.
Simplemente se suma.
He viajado más.
Aprendí a conducir distancias largas sola.
Me mudé a una casa más pequeña.
Tengo amigas con quienes salgo a cenar.
Paso demasiado tiempo con mis nietos.
A veces hablo con Ernesto.
Sé que no va a responder.
Pero me gusta contarle cosas.
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