Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda
Volvió al asiento del conductor y miró el reloj.
Todavía podía llegar.
Condujo con precaución hasta la ciudad. Durante todo el camino intentó concentrarse en la reunión, pero su mente regresaba una y otra vez a la carretera.
Recordaba las manos embarradas de Diego.
La forma en que Mateo había comprobado cada tuerca.
La tranquilidad de Iván vigilando los coches.
También recordaba el momento en que habían rechazado el dinero.
Alejandro llegó al edificio donde lo esperaba su equipo con menos de cinco minutos de margen.
Un empleado salió con un paraguas.
—Señor Rivas, pensábamos que había ocurrido algo.
—Reventó una rueda.
—¿Llamamos al servicio de mantenimiento?
—Después.
Alejandro entró con la ropa húmeda y las mangas manchadas de barro.
Sus asesores lo esperaban en una sala amplia. En el otro extremo de la mesa se encontraban los representantes del grupo inversor.
Todos se levantaron.
—Lamentamos el retraso —dijo uno de sus colaboradores.
—No ha sido culpa de nadie —respondió Alejandro—. Empecemos.
Durante las siguientes dos horas explicó el proyecto, respondió preguntas y revisó cifras.
Normalmente disfrutaba de aquellos momentos.
Le gustaba sentir que controlaba la sala, que cada persona escuchaba sus palabras y esperaba su decisión.
Pero aquel día era diferente.
Mientras uno de los asesores hablaba sobre beneficios, Alejandro pensó en tres bicicletas viejas.
Mientras revisaban las condiciones del acuerdo, recordó un centro vecinal con goteras.
Y cuando llegó el momento de firmar, observó durante varios segundos la pluma entre sus dedos.
Había pasado meses persiguiendo aquella firma.
Sin embargo, después de conseguirla, no sintió la satisfacción que esperaba.
Los inversores lo felicitaron.
Su equipo aplaudió.
Alguien propuso organizar una cena.
Alejandro sonrió, estrechó manos y agradeció el trabajo de todos.
Después se encerró en su despacho.
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