Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda

Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda

Un multimillonario quedó varado camino al mayor negocio de su vida, pero tres adolescentes terminaron reparando mucho más que su coche.

—¡No puede ser! —gritó Alejandro Rivas mientras golpeaba el volante.

El coche se había inclinado de repente hacia la derecha. Un ruido seco, seguido de varios golpes contra el asfalto, confirmó lo que más temía: una de las ruedas había reventado.

Alejandro miró el reloj del tablero.

Faltaban cuarenta y cinco minutos para la reunión más importante de su carrera.

Durante casi un año, sus asesores habían trabajado en aquella operación. Si todo salía bien, su grupo empresarial cerraría un acuerdo valorado en más de mil millones.

No era solamente dinero.

Para Alejandro, aquel negocio representaba la prueba definitiva de que todavía podía controlar cada detalle de su vida.

Pero en ese momento no controlaba absolutamente nada.

Detuvo el vehículo en el estrecho borde de una carretera secundaria, encendió las luces de emergencia y salió.

La lluvia le empapó la chaqueta en pocos segundos.

Abrió el maletero y encontró la rueda de repuesto, el gato y una caja de herramientas. Se quedó mirándolos como si fueran piezas de un aparato desconocido.

Alejandro tenía cincuenta y dos años.

Había levantado su fortuna desde muy joven, había dirigido reuniones con cientos de empleados y podía analizar un contrato complicado en cuestión de minutos.

Sin embargo, nunca había cambiado una rueda.

Siempre había alguien que lo hacía por él.

Un conductor.

Un mecánico.

Un asistente.

Cualquier persona menos él.

Sacó el teléfono del bolsillo y trató de llamar a su equipo.

No había cobertura.

Levantó el aparato, caminó unos pasos y volvió a intentarlo.

Nada.

La carretera se extendía en ambas direcciones, rodeada de campos y pequeñas colinas. El pueblo más cercano parecía estar a varios kilómetros.

Alejandro observó sus zapatos llenos de barro y apretó los dientes.

Si no llegaba a tiempo, los inversores podían marcharse.

Y lo peor no era perder el acuerdo.

Lo peor era imaginar las miradas de su equipo, los comentarios en voz baja y las dudas sobre su capacidad para cumplir su palabra.

Volvió a mirar la rueda destrozada.

Intentó colocar el gato debajo del coche, pero no sabía cuál era el punto correcto. Lo movió dos veces y estuvo a punto de dejarlo caer en el barro.

—Perfecto —murmuró—. Simplemente perfecto.

Entonces escuchó unas risas.

Al principio pensó que procedían de alguna casa cercana. Pero, al mirar hacia la curva, vio tres bicicletas avanzando bajo la lluvia.

Eran tres adolescentes.

El primero, un muchacho alto con cabello rizado, llevaba un impermeable azul demasiado grande. Detrás de él venían otros dos jóvenes con mochilas escolares cubiertas por bolsas de plástico.

Los tres redujeron la velocidad al acercarse.

El chico del impermeable azul miró la rueda y luego a Alejandro.

—¿Necesita ayuda, señor?

Alejandro observó las bicicletas, las zapatillas cubiertas de barro y las caras jóvenes.

Ninguno parecía tener más de quince años.

—He reventado una rueda —respondió—. Pero no creo que puedan hacer mucho.

El muchacho sonrió.

—Eso depende. ¿Tiene una rueda de repuesto?

—Está en el maletero.

—Entonces sí podemos hacer algo.

El chico bajó de la bicicleta y la apoyó contra una señal.

—Me llamo Diego. Ellos son Mateo e Iván.

Los otros dos levantaron la mano a modo de saludo.

—Hemos ayudado muchas veces en el pequeño taller del tío de Mateo —explicó Diego—. No somos profesionales, pero sabemos cambiar una rueda.

Alejandro dudó.

Una parte de él quería decirles que continuaran su camino. No deseaba que tres menores estuvieran trabajando junto a una carretera mojada.

Pero también sabía que no tenía muchas opciones.

—De acuerdo —aceptó—. Aunque debemos hacerlo con cuidado.

Los jóvenes dejaron las bicicletas lejos del tráfico y se acercaron al vehículo.

Diego examinó el suelo.

—Aquí está demasiado blando. Tenemos que avanzar un poco para colocar el coche sobre una zona firme.

Alejandro siguió sus indicaciones.

Mateo sacó el gato y la llave del maletero. Iván buscó una piedra grande para asegurar la rueda opuesta.

Se movían con una coordinación sorprendente.

—Primero aflojamos las tuercas —dijo Diego—. Después levantamos el coche.

Alejandro se quedó observándolos.

—¿No les importa mojarse?

Mateo se miró el pantalón empapado y soltó una carcajada.

—Ya estamos mojados.

Promoted Content

—Además, íbamos de regreso a casa —añadió Iván—. No tenemos prisa.

Diego colocó la llave y trató de girarla.

La primera tuerca estaba demasiado apretada.

Mateo sujetó la herramienta mientras Diego hacía fuerza con el peso de su cuerpo. Iván vigilaba la carretera y avisaba cuando se aproximaba algún vehículo.

—Ahora —dijo Mateo.

La tuerca cedió.

Los tres celebraron como si acabaran de marcar un gol.

Alejandro no pudo evitar sonreír.

Había pasado toda la mañana rodeado de personas serias, hablando de porcentajes, riesgos, beneficios y cláusulas. Aquellos chicos, en cambio, trabajaban bajo la lluvia y todavía encontraban motivos para reír.

—¿Viven cerca? —preguntó.

—En Santa Lucía del Valle —respondió Diego—. Está después de aquella colina.

—¿Y vienen todos los días en bicicleta?

—Para ir a la escuela y al centro vecinal —explicó Iván—. Es más rápido que esperar el autobús.

—¿Qué centro vecinal?

—Un lugar donde hacemos tareas, jugamos y ayudamos a los niños pequeños —dijo Mateo—. Aunque últimamente se está cayendo a pedazos.

Diego le lanzó una mirada.

parte2

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top