Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda

Un multimillonario quedó varado bajo la lluvia, pero tres adolescentes cambiaron algo mucho más importante que su rueda

—No exageres.

—El techo tiene tres goteras.

—Dos y media.

—¿Cómo puede haber media gotera?

Los tres comenzaron a discutir entre risas.

Alejandro volvió a mirar el reloj.

Todavía le preocupaba la reunión, pero por primera vez desde que el coche se había detenido dejó de sentir que cada segundo era una tragedia.

Diego levantó el vehículo con el gato.

Mateo retiró las tuercas.

Entre los tres quitaron la rueda dañada y colocaron la de repuesto. Trabajaron despacio, comprobando varias veces que todo estuviera bien ajustado.

Veinte minutos después, Diego bajó el coche.

—Listo.

Alejandro miró la rueda nueva y luego a los muchachos.

—¿Ya está?

—Debe conducir con cuidado —advirtió Mateo—. Esa rueda es solo para salir del paso.

—Y debería revisar la presión cuando llegue a la ciudad —añadió Iván.

Alejandro abrió la puerta, encendió el motor y avanzó unos metros.

El coche respondía con normalidad.

Regresó, bajó y abrió la cartera.

Sacó varios billetes.

—Tomen. Se lo han ganado.

Los tres jóvenes dejaron de sonreír.

Diego negó con la cabeza.

—No hace falta.

—Claro que hace falta. Me han evitado perder una reunión muy importante.

—Solo le ayudamos con una rueda.

—Precisamente. Y estaban bajo la lluvia.

Mateo miró los billetes, pero enseguida apartó la vista.

—No lo hicimos por dinero.

—Pueden repartirlo entre los tres.

Iván negó también.

—Nuestra familia nos enseñó que, cuando alguien está en problemas, uno se detiene si puede ayudar.

Alejandro insistió.

—No tienen por qué rechazarlo.

Diego se limpió las manos en el impermeable.

—Señor, de verdad estamos bien. Usted necesita llegar a donde iba. Conduzca despacio y no se preocupe por nosotros.

Alejandro se quedó inmóvil.

En su mundo, casi todo tenía un precio.

Las comidas de negocios tenían un objetivo.

Los favores se devolvían.

Los regalos abrían puertas.

Incluso muchas sonrisas escondían alguna petición.

Aquellos tres chicos acababan de ayudarlo sin saber quién era, cuánto dinero tenía ni qué podía ofrecerles.

Y ahora rechazaban una cantidad que para ellos seguramente no era pequeña.

—¿Están seguros? —preguntó una última vez.

—Completamente —contestó Diego.

Mateo levantó una mano.

—Solo prométanos que no correrá.

—Lo prometo.

Los jóvenes subieron a sus bicicletas.

Antes de marcharse, Iván señaló la rueda de repuesto.

—Recuerde revisarla.

—Lo recordaré.

Los tres pedalearon hacia el pueblo. Sus risas se fueron perdiendo detrás de la lluvia y de la curva.

Alejandro permaneció junto al coche observándolos.

No sabía por qué, pero sentía un nudo extraño en la garganta.

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