No para perdonarlo.
Para comprobar si el hombre con quien se había casado todavía era capaz de regresar por voluntad propia.
Si terminaba la aventura, volvía a mirar a sus hijos y luchaba por su matrimonio, Mariana consideraría comenzar de nuevo.
Si no, ella se prepararía para irse.
Pero no se marcharía como doña Beatriz llevaba años pronosticando: pobre, dependiente y agradecida por lo que los Alcázar quisieran darle.
Comenzó aceptando traducciones por internet.
Trabajaba de madrugada.
Guardaba cada peso en una cuenta a su nombre.
Paulina, economista y asesora financiera, se enteró.
—Existe una empresa mexicana de biotecnología que está buscando inversión privada —le explicó—. Es pequeña y arriesgada. No pongas dinero que necesites.
Mariana estudió durante semanas antes de invertir.
Poco.
Después aprendió sobre fondos, acciones y bienes raíces.
No tocó un peso de Rodrigo.
Aquello era importante.
Todo provenía de sus traducciones.
El matrimonio estaba además bajo separación de bienes.
Cada comprobante se guardaba.
Doña Beatriz empezó a sospechar.
No sabía exactamente de qué.
Sólo observaba que Mariana ya no reaccionaba a sus insultos.
Una tarde, durante una comida familiar, preguntó:
—¿No te preocupa que Rodrigo llegue tan tarde? Una esposa debería saber conservar el interés de su marido.
Rodrigo permaneció callado.
Mariana respondió:
—Nunca he tenido problemas siendo interesante. Tal vez algunas personas tienen problemas valorando lo que ya poseen.
Beatriz quedó helada.
Poco después contrató a un investigador para revisar a su nuera.
Mariana escuchó accidentalmente una llamada.
Esa noche telefoneó aterrada a Paulina.
—Está investigándome.
Paulina la llevó con la abogada Gabriela Ríos.
Gabriela revisó cuentas, contratos y documentos.
—Todo lo que ganaste es tuyo. Pero hay que mantener cada operación perfectamente separada.
Durante semanas Mariana temió ser descubierta.
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