
La noche en que Rodrigo Alcázar le ordenó a su esposa que abandonara la casa antes de que despertaran los niños, Mariana Torres no lloró.
Afuera llovía con tanta fuerza sobre Ciudad de México que el agua corría por las calles de Las Lomas como pequeños ríos negros. Rodrigo sostenía una de sus maletas frente a la puerta.
—Lárgate esta noche. Mañana hablaremos de los niños.
Mariana lo miró durante varios segundos.
Después levantó la maleta.
—Los niños vienen conmigo.
—No puedes decidir eso sola.
—Tú llevas casi 2 años tomando decisiones solo.
El rostro de Rodrigo cambió.
Mariana abrió la puerta.
Antes de salir añadió:
—Mañana revisa el buzón.
—¿Por qué?
—Hay un sobre para tu madre. Sería mejor que lo leyera antes de volver a llamarme cazafortunas.
Por primera vez aquella noche, Rodrigo pareció asustado.
—¿Desde cuándo sabes?
Mariana sonrió sin alegría.
—Desde mucho antes de lo que imaginas.
Aquella despedida bajo la lluvia era el final de una historia que había comenzado 10 años atrás.
Cuando Mariana tenía 24 años trabajaba como maestra de inglés en una secundaria privada de Ciudad de México.
Había nacido en Oaxaca, hija de una enfermera y un mecánico. Llegó a la capital con una beca universitaria, 2 maletas y la costumbre de ahorrar hasta las monedas.
Rodrigo Alcázar apareció un día afuera de la escuela para recoger a un primo.
Tenía 29 años, trabajaba en el grupo inmobiliario de su familia y pertenecía a uno de esos apellidos que aparecían en revistas de negocios.
No era presumido.
Al menos al principio.
Le preguntaba por Oaxaca, por sus padres, por los libros que le gustaban. La llevaba a comer a lugares pequeños en vez de restaurantes donde necesitaba reservar con semanas de anticipación.
Mariana creyó que un hombre así había conseguido conservar la sencillez a pesar del dinero.
Su madre, doña Beatriz Alcázar, no compartía el entusiasmo.
Durante la primera comida familiar observó a Mariana como si examinara una mancha en un mantel.
—¿Maestra?
—Sí, señora.
—Rodrigo siempre tuvo gustos… inesperados.
Más tarde, creyendo que Mariana no podía escucharla, comentó:
—Mi hijo podría casarse con cualquier mujer de su ambiente y aparece con una muchachita de provincia.
Mariana oyó cada palabra.
No respondió.
Pensó que con educación y tiempo acabaría ganándose su respeto.
Fue su primer error.
Rodrigo le propuso matrimonio 2 años después.
—No quiero una esposa que viva detrás de mí —le prometió—. Quiero una compañera.
Doña Beatriz exigió que se casaran bajo separación de bienes.
—La fortuna Alcázar se protege.
Mariana se sintió humillada.
Rodrigo le aseguró que era una formalidad.
Ninguno imaginó que años después aquella decisión sería la mejor protección que Beatriz podía haberle regalado a la nuera que despreciaba.
Tuvieron 2 hijos.
Santiago nació primero.
6 años después de la boda llegó Daniela.
Mariana dejó la escuela cuando nació Santiago.
—Sólo hasta que sea mayor —dijo.
Pero después llegó Daniela, las reuniones escolares, las enfermedades, los cumpleaños, las obligaciones de Rodrigo y las comidas familiares donde doña Beatriz esperaba que Mariana llegara temprano para ayudar y se marchara tarde después de recoger.
8 años después, Mariana se había convertido exactamente en la esposa que los Alcázar querían.
Discreta.
Paciente.
Disponible.
Y casi invisible.
Fue entonces cuando Rodrigo empezó a cambiar.
Llegaba después de medianoche.
Giraba la pantalla del teléfono.
Se bañaba inmediatamente después de volver de supuestas reuniones.
Mariana se dijo que era trabajo.
Hasta que un martes llegó un enorme ramo de peonías blancas.
Ella jamás había dicho que le gustaran.
Porque no le gustaban.
Buscó la tarjeta.
“Renata, gracias por anoche. Contigo vuelvo a sentirme vivo. R.”
Mariana permaneció inmóvil.
No rompió nada.
Llamó a la florería.
—Creo que hubo un error. Este ramo pertenece a otra persona.
En el comprobante aparecía una dirección de Polanco.
Pidió que lo enviaran allí.
Aquella noche Rodrigo llegó preguntando demasiado casualmente:
—¿Recibiste algo hoy?
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