—No te burles.
—No me burlo. Solo me asombra que ella haya sido honesta contigo más rápido de lo que tú lo fuiste conmigo.
Víctor miró el piso.
—Iba a dejarte.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Transferencias, hoteles, anticipo a un abogado, llamadas escondidas que dejaste de esconder. Nunca fuiste discreto con el dinero.
—¿Desde cuándo sabías?
—Desde junio.
Él alzó la cabeza.
—¿Lo sabías desde junio y aun así me llevaste a diálisis?
—Te estabas muriendo, Víctor.
—Eso no tiene sentido.
—Tal vez no para ti.
—¿Planeabas vengarte desde entonces?
—No. Pensaba irme después de confirmar que tu trasplante funcionara. Había visto un departamento pequeño cerca de Viveros. Quería caminar, leer, visitar a Lucía y vivir mis últimos meses sin revisar si ya era hora de darte otra pastilla.
—¿Entonces por qué cambiaste?
—Porque escucharte hablar de mí como un objeto rompió algo que ya no pude componer.
Víctor lloró con la cara entre las manos.
Elena extendió una mano delgada. Él la tomó como si fuera lo único firme en el mundo.
—Te perdono —dijo ella.
—No lo merezco.
—El perdón no siempre se entrega porque alguien lo merece. A veces se entrega para no cargar odio al final del camino.
—Dime cómo arreglo esto.
—No puedes arreglar 22 años en una tarde.
—Entonces dime qué hago.
Elena lo miró con seriedad.
—Toma tus medicamentos a tiempo.
Víctor soltó una risa rota.
—Estoy hablando en serio —insistió ella—. Ocho de la mañana. Ocho de la noche. No 8:10. Tu vida depende de cosas pequeñas, aburridas, repetidas.
—Como tú —susurró él—. Según yo.
—Como yo —respondió ella—. Según tú.
Víctor sacó el anillo de matrimonio del bolsillo. Lo había recogido del hospital semanas antes. Lo dejó sobre la cobija.
—Guárdalo tú —dijo Elena.
—¿Por qué?
—Para que recuerdes que algo pequeño puede pesar más que una casa entera.
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