El doctor Herrera entró a revisar el oxígeno y, al notar el cansancio de Elena, le indicó a Víctor que debía salir pronto.
Él se inclinó.
—¿Tienes miedo?
Elena miró el techo.
—Sí.
Fue la primera vez en 22 años que Víctor la escuchó admitir miedo.
—¿Qué haces cuando tienes miedo?
—Pienso en mis alumnos —susurró—. En los que no podían leer durante meses y un día, de pronto, entendían todo. Ese instante parecía un milagro.
—¿Piensas en mí?
Elena giró lentamente la cabeza.
—Sí.
—¿Después de todo?
—Después de todo.
Víctor apoyó la frente en sus nudillos.
—No sé vivir con esta culpa.
—Aprende.
—No sé si puedo.
—Puedes —dijo ella, casi sin voz—. Solo que ahora nadie lo hará por ti.
A las 3:48 de la tarde, la respiración de Elena se volvió lenta.
—¿Elena?
Ella abrió los ojos una última vez.
—Ocho en punto —murmuró.
—Lo prometo.
Elena rozó con los dedos la mejilla mojada de Víctor y cerró los ojos.
El doctor entró a las 3:52.
Víctor entendió antes de escuchar una sola palabra.
El funeral fue una semana después. Fueron Lucía, Teresa, varias maestras jubiladas y la directora de la casa de transición. También llegaron 4 jóvenes que Víctor no conocía.
Uno de ellos, de 18 años, se acercó con una mochila vieja.
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