—Tu madre me recordó que podría cambiar de opinión sobre nuestra boda.
Ricardo suspiró.
—Elena, mi familia espera ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—Elegancia. Discreción. Una imagen adecuada.
Ella miró hacia el salón.
—¿Quieres decir dinero?
—No simplifiques todo.
—Estoy intentando entenderte.
Ricardo se pasó una mano por el cabello.
—Solo necesito que mañana no causes problemas.
Elena sintió un dolor silencioso en el pecho.
—Yo no he causado ninguno.
—Sabes a qué me refiero.
No, Elena no lo sabía.
O quizá no quería saberlo todavía.
Regresó sola a su apartamento poco antes de la medianoche.
Cuando estaba buscando las llaves, un vehículo negro se detuvo frente al edificio.
El motor permaneció encendido.
Un hombre alto, vestido con un abrigo oscuro, bajó y caminó hacia ella.
Elena tensó los hombros.
—Capitana Márquez —dijo él.
Nadie la había llamado así en años.
—Se ha equivocado de persona.
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