EL NOVIO LA LLAMÓ “UNA DON NADIE” EN PLENO ALTAR… PERO UNA CARAVANA MILITAR LLEGÓ PARA REVELAR QUIÉN ERA ELLA
—No puedo casarme con una mujer como tú.
Ricardo Santillán dejó caer el micrófono frente al altar.
El golpe seco resonó por toda la iglesia.
Durante unos segundos, nadie respiró.
Después comenzaron las risas.
Primero fueron discretas. Una mano cubriendo una boca. Un murmullo entre dos invitados. Una mirada cargada de burla.
Luego alguien soltó una carcajada abierta.
Y los demás lo imitaron.
Elena Márquez permaneció inmóvil bajo las luces del templo, con el ramo apretado entre las manos y el rostro completamente pálido.
Había más de cien invitados.
Todos la estaban mirando.
Algunos levantaban sus teléfonos.
Otros se inclinaban hacia la persona de al lado para comentar lo ocurrido, sin molestarse en bajar la voz.
—Ya se veía venir.
—¿De verdad pensó que entraría en esta familia?
—Pobre ilusa.
Elena escuchó cada palabra.
Su vestido blanco era sencillo. No llevaba bordados costosos, piedras brillantes ni una larga cola.
Lo había elegido porque le gustaba sentirse ella misma.
Ricardo, al principio, había dicho que eso era precisamente lo que amaba de ella.
Su sencillez.
Su manera tranquila de hablar.
Su falta de interés por presumir.
Pero ahora él la miraba como si esas mismas cualidades fueran una vergüenza.
—No tienes familia —continuó Ricardo, con el rostro rojo—. No tienes apellido importante. No tienes contactos. No tienes nada.
Elena sintió que una espina del ramo se clavaba en su palma.
No abrió la mano.
No quería que nadie notara que estaba temblando.
Ricardo miró a los invitados, como buscando su aprobación.
—He intentado ignorarlo —dijo—. Pero no puedo arruinar mi futuro casándome con una desconocida.
En la primera fila, Valeria Montes sonrió satisfecha.
Había sido novia de Ricardo durante varios años. Su familia tenía dinero, propiedades y amistades influyentes.
Desde que Ricardo anunció su compromiso con Elena, Valeria había repetido que la relación no llegaría al altar.
Ahora cruzó las piernas con calma y comenzó a aplaudir lentamente.
—Por fin entraste en razón —dijo.
Varias personas rieron.
Elena bajó la mirada hacia los pétalos que habían caído sobre el suelo.
El aroma de las flores y de las velas se mezclaba con el perfume caro de los invitados.
Todo parecía irreal.
El sacerdote miraba a Ricardo, desconcertado.
—Hijo, quizá deberían hablar en privado…
—No —lo interrumpió Ricardo—. Esto debe terminar aquí.
Elena levantó la cabeza.
Sus ojos estaban húmedos, pero no había derramado una sola lágrima.
—¿Has terminado? —preguntó.
Su voz fue tan serena que Ricardo pareció confundido.
—¿Qué?
—Pregunté si ya terminaste.
Algunas risas desaparecieron.
Ricardo había esperado verla suplicar.
Esperaba que Elena le pidiera otra oportunidad, que intentara convencerlo o que se derrumbara frente a todos.
Leave a Comment