Solo una niña pequeña frente a un piano grande.
La melodía se extendió por el auditorio.
Durante los primeros segundos pensé que todos guardarían silencio porque estaban escuchando.
Después comprendí que no era así.
Dos niños en la primera fila comenzaron a reírse.
Una pareja del fondo hablaba sin molestarse en bajar demasiado la voz.
Uno de los jueces miró su teléfono y empezó a escribir un mensaje.
Una mujer sacó un caramelo del bolso, abrió el envoltorio lentamente y se lo ofreció a su amiga.
Lucía siguió tocando.
Sus manos no temblaban ya.
Había cerrado los ojos y parecía encontrarse en otro lugar.
Yo conocía cada parte de aquella melodía.
Sabía cuándo llegaría el momento en que la persona de la canción veía la ventana encendida.
Sabía cuándo sus pasos se aceleraban.
Sabía cuándo comprendía que alguien la estaba esperando.
Sin embargo, la mayoría de las personas no prestaba atención.
Entonces escuché el comentario.
—Es la niña pobre… la que vive sola con su madre.
Otra voz respondió:
—Ah, con razón.
Aquellas dos palabras me atravesaron.
“Con razón”.
Como si nuestro dinero explicara la ropa de Lucía, su timidez, su música y hasta el derecho que tenía a estar sobre aquel escenario.
Como si una niña criada por una madre soltera tuviera que pedir permiso para mostrar su talento.
Quise levantarme.
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