Quise preguntarles quiénes se creían que eran.
Quise decirles que mi hija valía más que sus comentarios, que había trabajado durante semanas y que la música que estaban ignorando había nacido de un corazón limpio.
Pero no pude moverme.
Me quedé sentada, con la mandíbula apretada y el pulso golpeándome el cuello.
Lucía continuó.
No se equivocó.
No miró al público.
Tocó cada nota como si todavía creyera que alguien, en algún rincón de aquel auditorio, estaba dispuesto a escucharla.
La pieza terminó con un acorde suave.
Era un final abierto, como una puerta que no terminaba de cerrarse.
Lucía mantuvo las manos sobre las teclas durante un segundo.
Después se levantó y realizó la pequeña reverencia que habíamos practicado en casa.
Esperó.
Nada.
Alguien tosió.
Una silla rechinó.
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