—¿Qué has dicho?
—El señor Mori cree que modificaron una parte del acuerdo sin consultarlo.
Teresa la miró como si acabara de contar un chiste.
—No interfieras.
—Pero puedo traducir.
—Tú eres camarera.
Sergio, que había escuchado la conversación, se acercó con una botella en la mano.
—¿Ahora resulta que habla japonés?
Lucía lo miró.
—Sí.
Sergio soltó una carcajada.
—Claro. Y yo soy piloto.
Dos empleados cercanos sonrieron.
Teresa señaló la puerta lateral.
—Ve por el agua y deja de inventar tonterías.
Lucía apretó los dedos alrededor de la bandeja.
El señor Mori volvió a hablar.
Su tono había cambiado.
Ahora preguntaba si aquella reunión era realmente seria o si le habían hecho viajar miles de kilómetros para perder el tiempo.
Una mujer de cabello claro golpeó suavemente la mesa.
—¿De verdad nadie habla japonés?
El silencio se hizo más pesado.
Lucía recordó un aula de Tokio.
Tenía diecinueve años y estaba de pie frente a sus compañeros, traduciendo un complejo acuerdo comercial. Su profesor escuchaba con los brazos cruzados.
Cuando terminó, él asintió.
“Una buena intérprete no cambia las palabras”, le había dicho. “Protege la intención que hay detrás de ellas.”
Lucía nunca olvidó aquella frase.
En el salón, uno de los invitados murmuró:
—Necesitamos un traductor de verdad.
Otra mujer, vestida de dorado, miró a Lucía.
—¿Por qué sigue ahí parada? —preguntó en voz alta—. Parece que cree formar parte de la reunión.
Algunas personas rieron.
—Deberían seleccionar mejor al personal —añadió.
Lucía dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar.
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