Solo una calma que incomodó al hombre más que cualquier respuesta.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
Todas las conversaciones se detuvieron.
Un hombre japonés de unos sesenta años entró acompañado por dos asistentes. Vestía un traje oscuro sencillo, sin adornos llamativos, pero su presencia cambió de inmediato el ambiente.
Era Kenji Mori, un empresario conocido por participar en grandes proyectos internacionales.
Aquella noche debía reunirse con un grupo de inversores españoles y mexicanos interesados en colaborar con su empresa.
El intérprete contratado por los organizadores no había llegado.
Según se comentaba, su vuelo había sido cancelado.
Uno de los anfitriones se acercó al señor Mori y le dio la bienvenida en inglés.
El empresario respondió con una breve inclinación.
Después comenzó a hablar en japonés.
Al principio, algunos invitados mantuvieron la sonrisa.
Esperaban reconocer una palabra.
No ocurrió.
El señor Mori continuó hablando con un tono formal y preciso. Mencionó plazos de inversión, distribución de responsabilidades, protección de patentes y compromisos ambientales.
Lucía entendió cada frase.
También entendió algo que los demás no percibieron.
El empresario estaba molesto.
No porque el intérprete faltara, sino porque nadie le había informado de ciertos cambios en el acuerdo.
Uno de los anfitriones miró a su alrededor.
—¿Alguien sabe lo que está diciendo?
Nadie respondió.
Un asesor intentó utilizar un programa de traducción en su teléfono, pero las frases aparecían incompletas y sin sentido.
El señor Mori esperó.
Su expresión se volvió cada vez más seria.
—Debe estar saludándonos —comentó uno de los invitados.
—Ha hablado casi tres minutos —respondió otro—. Eso no puede ser solo un saludo.
Teresa apareció junto a Lucía.
—Ve a buscar más agua.
Lucía no se movió.
—Está explicando que no acepta el nuevo reparto de responsabilidades.
Teresa giró la cabeza lentamente.
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