Aun así, inclinó ligeramente la cabeza.
—Por supuesto.
Se apartó mientras el hombre le indicaba a Sergio que terminara de servir.
Sergio tomó la botella con una sonrisa satisfecha.
—Hay que dar confianza —dijo—. Los invitados lo notan.
Lucía regresó junto a la pared.
Desde allí observó el salón.
Las sonrisas parecían amables, pero desaparecían en cuanto alguien se daba la vuelta. Los invitados se medían entre ellos por el traje, el reloj, los contactos y el lugar que ocupaban en la mesa.
Lucía conocía aquel lenguaje.
Había crecido entre personas que hablaban de humildad mientras trataban a los empleados como muebles.
Cuando era niña, permanecía sentada junto a su padre durante cenas muy parecidas.
Entonces ella estaba al otro lado de la bandeja.
Una vez, a los doce años, vio cómo un invitado derramaba una bebida y culpaba al camarero. Lucía quiso defenderlo, pero su madre le apretó la mano debajo de la mesa.
“No te metas”, le susurró.
Aquella noche comprendió que el dinero no siempre daba educación.
A veces solo permitía ocultar mejor la falta de ella.
Un tenedor cayó al suelo con un golpe metálico.
Un hombre alto, con corbata de seda, miró a Lucía.
—Recógelo.
Ella dejó la bandeja en una mesa auxiliar.
El hombre señaló el suelo.
—Para eso estás aquí, ¿no?
Los demás rieron.
Lucía se agachó, recogió el tenedor y lo colocó sobre un plato vacío.
—Cuidado —dijo el hombre—. No te vayas a caer y nos arruines la cena.
Las risas aumentaron.
Lucía sostuvo su mirada durante un segundo.
No había rabia en sus ojos.
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