—No estoy enfadada.
—Pues disimulas muy mal.
Desde la barra, Sergio, uno de los camareros, soltó una risa.
Tenía el cabello peinado hacia atrás y la costumbre de burlarse de los empleados nuevos cuando Teresa estaba cerca.
—Es su primera noche en un salón importante —dijo—. Seguro que está temblando por dentro.
Lucía recogió dos copas vacías sin contestarle.
Había pasado años aprendiendo a reconocer cuándo una respuesta servía de algo y cuándo solo alimentaba la crueldad de otra persona.
A veces, el silencio era una protección.
Otras veces, era una forma de guardar fuerzas.
Un hombre de rostro rojizo levantó dos dedos sin mirarla.
Lucía se acercó.
—Vino tinto —ordenó.
Ella comenzó a servir.
El hombre levantó la vista y frunció el ceño.
—Prefiero que venga otro camarero.
Lucía detuvo la botella.
—¿Hay algún problema?
—No quiero a una persona torpe cerca de mi mesa.
Varias cabezas se giraron.
Lucía no había derramado una sola gota.
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