Ramiro miró el reloj de pared.
—Tuvo suerte.
Lucía giró una pequeña pieza.
—El resorte interno está fatigado.
—No puede saberlo sin abrirlo.
—Escuche.
Movió el mecanismo con suavidad.
Se oyó un chasquido irregular.
Esteban frunció el ceño.
—Ramiro, ¿cuándo fue revisado?
—No lo sé.
—Entonces no estaba en condiciones de exhibirse.
—Ni siquiera sabíamos que estaba aquí.
—Ese es precisamente el problema —dijo Lucía.
Un hombre alto, con tatuajes en el cuello, apareció desde el fondo.
Se llamaba Mauro y daba clases ocasionales en el centro.
Había seguido toda la escena con una sonrisa cada vez más incómoda.
Tomó otro modelo pesado de la pared y lo puso frente a Lucía.
—Muy bien, experta. Pruebe con este.
—¿Para qué?
—Para ver si puede levantar algo de verdad.
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