los tenis y el cabello castaño recogido sin cuidado.
—Tal vez podamos enseñarle algo más apropiado —dijo—. Un modelo sencillo para uso deportivo básico.
—Águila X-7. Visor Niebla. Serie L.
Esteban dejó de mover la carpeta.
—¿Dónde escuchó esos nombres?
—En una tormenta de nieve.
El hombre del puro volvió a colocárselo entre los labios.
—¿En una película?
—En la frontera norte —respondió Lucía.
Ramiro soltó un bufido.
—No duraría cinco minutos en una tormenta con esa chamarra.
—No llevaba esta chamarra.
—Por supuesto que no —dijo Julián—. Seguro llevaba una capa invisible.
La gente volvió a reír.
Pero Esteban no.
El gerente se acercó un poco más.
—Ese modelo fue retirado hace seis años.
—Cinco años y once meses.
—La configuración que menciona nunca apareció en los catálogos.
—No estaba destinada a los catálogos.
—¿Y los cartuchos?
Lucía tardó un momento en contestar.
—Fueron diseñados para soportar temperaturas que inutilizaban los componentes normales.
Ramiro negó con la cabeza.
—Eso lo pudo leer en cualquier foro.
—Los foros dicen que la serie L tenía una marca azul en la base —respondió Lucía—. Era verde. La azul pertenecía a una versión defectuosa que se descartó antes de las pruebas finales.
El hombre del puro se incorporó lentamente.
—Eso no lo sabe cualquiera.
Ramiro lo miró con molestia.
—Don Ernesto, no alimente la fantasía.
Ernesto había pasado años exagerando historias sobre su juventud. Sin embargo, en aquel momento parecía sinceramente inquieto.
—Conocí a un técnico que habló de esos cartuchos —dijo—. Juraba que solo se fabricaron tres cajas.
—Cuatro —corrigió Lucía.
—¿Cómo sabe cuántas?
—Porque vi destruir una.
La sonrisa de Patricia desapareció.
Aun así, buscó recuperar el control.
—Supongamos que sabe algunos datos. Eso no cambia que entró aquí sin cita, con aspecto de haberse bajado del autobús equivocado.
Lucía miró hacia la puerta.
—Me bajé del autobús correcto.
—¿No tiene coche? —preguntó Iván con una risita.
—Tengo varios.
—Claro que sí.
—Pero caminar me ayuda a pensar.
Ramiro se apoyó contra el mostrador.
—Escuche, señora. He entrenado a cientos de personas. Sé reconocer a alguien con experiencia. Usted no tiene postura, ni físico, ni presencia.
Lucía lo observó como si estuviera evaluando una pieza defectuosa.
—La presencia sirve para las fotografías. La postura sirve cuando llega el momento.
Ramiro se puso rojo.
—¿Quiere enseñarme postura?
—No.
—Entonces deje de actuar como experta.
Lucía descolgó su mochila y la puso sobre una silla.
Lo hizo despacio.
—Muéstreme el modelo.
—No.
—¿Porque no puede encontrarlo o porque teme que yo tenga razón?
Un murmullo recorrió el local.
Esteban levantó una mano.
—Ramiro, ve al almacén.
El instructor no se movió.
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