Llevaba casi treinta y cinco años siendo clienta del banco. Su esposo, ya fallecido, había trabajado con los primeros socios cuando la institución todavía era pequeña.
—Joven —dijo con voz clara—, quizá debería revisar bien antes de hablar así.
Andrés ni siquiera volteó.
—Señora Teresa, por favor, no se preocupe. Tenemos todo bajo control.
Mariana miró el reloj.
2:52 p.m.
En su teléfono había llamadas perdidas:
Dirección jurídica.
Secretaría del consejo.
Jefatura de gabinete.
La reunión del consejo empezaba en menos de cuarenta minutos.
—Señor Luján —dijo Mariana—, tengo una reunión importante a las 3:30.
—Entonces con más razón debería retirarse y pedir cita formal.
—La reunión es aquí.
Andrés soltó otra risa.
—Claro.
Lucía acercó un poco más el teléfono.
La transmisión ya iba por 1,200 personas.
Una parte de Mariana quiso terminar aquello en ese mismo instante. Sacar su credencial. Decir su cargo. Subir al elevador privado.
Pero otra parte, la que llevaba meses leyendo quejas de clientes, la que había visto estadísticas frías sobre tratos distintos según apariencia, acento o ropa, decidió esperar.
No por orgullo.
No por venganza.
Leave a Comment