Por evidencia.
Porque una cosa era que le contaran el problema en informes.
Y otra muy distinta era sentirlo en carne propia en el banco que ahora dirigía.
Verónica habló con tono más duro.
—Señora, si no puede demostrar un propósito legítimo, tendremos que pedirle que abandone las instalaciones.
—¿Propósito legítimo? —repitió Mariana.
—Sí.
—Estoy tratando de entrar a mi banco.
Andrés se rió más fuerte.
—¿Su banco?
Algunas personas bajaron la mirada.
Otras fingieron revisar papeles.
Nadie quería meterse.
Doña Teresa apretó el bastón con fuerza.
—Joven, le estoy diciendo que revise.
Andrés levantó una mano sin verla.
—Por favor, permita que hagamos nuestro trabajo.
En la pantalla del mostrador apareció el rostro de un hombre conectado por videollamada desde la oficina regional.
Era Ricardo Paredes, director de zona.
—¿Cuál es la situación? —preguntó.
Verónica contestó rápido:
—Una persona solicita servicios ejecutivos sin credenciales suficientes. Se muestra poco colaborativa.
Mariana miró directamente a la pantalla.
Ricardo no pareció reconocerla.
O quizá ni siquiera se tomó el tiempo.
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